Taichi y Taosímo

Cuando uno lee con atención los textos de Lao Tsé y Zhuang Zi sobre el taoísmo, se percata de que el mensaje de fondo no es otro que seguir el Dao. El Dao se considera una especie de curso natural de las cosas, un fluir que hay que comprender y al cual hay que acompañar sin resistirse a él ni forzarlo en ningún sentido.

Pues bien, este Dao no se puede traducir en un conjunto de reglas universales o abstractas que todos debemos seguir a raja tabla. Más bien, cada cual debe aprender a escuchar cuál es su camino en ese curso natural de las cosas. En este sentido, el Dao recuerda a la célebre frase del oráculo de Delfos griego que nos ha llegado de las manos de Sócrates: “conócete a ti mismo”, o dicho de otro modo, nadie más que tú mismo puedes ser tu maestro de vida.

Siendo así las cosas, mucha gente puede preguntarse de qué modo puede relacionarse el Taoísmo con el Taichi, si éste último consiste (mayormente) en la realización de una forma basada en movimientos creados por otras persona, y en seguir a un maestro que marca el ritmo de la clase y nos corrige cuando nos equivocamos.

Pues bien, para responderse a esa legítima pregunta no hay más que observar a nuestro día a día. Vivimos en un mundo frenético, lleno de ruido. En el trabajo nos imponen normas de conducta y nos exigen hasta límites que a veces exceden nuestras posibilidades. En los medios de comunicación se nos imponen ciertos estereotipos que acaban afectando incluso a los más resistentes. Incluso en nuestro entorno familiar y social existen códigos de conducta y cosas aceptadas o desaprobadas que condicionan nuestra manera de ser en el mundo.

En definitiva, tenemos la mente llena de discursos y juicios de valor, y vivimos de un modo inconsciente comparando nuestra realidad con todos esos juicios de valor sobre lo que está bien o está mal, o lo que debería ser. Estas comparaciones entre lo real y lo posible son una fuente constante de ansiedad y angustia, y nos alejan diametralmente de nosotros mismos, hasta el punto de perdernos en ese mar de ruido y confusión.

Pues bien, el taichi es una puerta posible de reconexión con el Dao, en la medida en que el entrenamiento se basa fundamentalmente en una meditación en movimiento en la que la persona debe aprender a desconectar de todo ese ruido exterior y reconectar con uno mismo, conectando mente y cuerpo, y accediendo hasta los rincones más profundos de nuestras vísceras, y de aquello que somos. Este entrenamiento sistemático de la autoconciencia y de la relación entre nosotros mismos y lo que nos rodea abre poco a poco una puerta hacia dentro que nos permite observar todo lo que nos rodea poniendo en suspenso todo ese ruido y juicios de valor, y dejando poco a poco una apertura a la naturalidad, y a la acción no forzada (en chino “wu wei”, no acción).

Esta sensibilidad se consigue con la práctica del Taichi (que es mucho más que la realización de una forma o coreografía de movimientos), y acaba filtrando en todos los rincones de nuestra vida, enseñándonos cuál es la manera natural y espontánea de reaccionar de nuestro organismo, y dejando de lado las capas de la cebolla que se han ido creando en nosotros con los años. De este modo, el Taichi es una puerta ideal al Dao.

Valga decir, para acabar, que, de hecho, el buen maestro de Taichi no es el que adapta los alumnos a su forma de moverse y a su propia coreografía de movimientos, sino el que profundiza en sus alumnos y les enseña a adaptar la forma y la práctica a ellos mismos, ayudándoles a convertirse poco a poco en sus propios maestros de vida, tal y como nos enseñan los maestros Lao Tsé o Zhuang Zi.

Espero con este artículo despertar la curiosidad por la lectura de estos textos, y animar a la gente a practicar Taichi.